
Es extraño. Tú eres un extraño para mí. No sé lo que pasa por tu cabeza, pero aun así, puedo pasarme toda la tarde hablando contigo. De cualquier cosa. De cosas que no he hablado con nadie. Pero ahí estábamos, sentados uno frente al otro, hablando. Sin hacer nada más que eso. Tú me escuchas. Yo te escucho. Y así nos pasamos toda la tarde, y no necesito nada más. Se me pasan las horas, que siento como minutos. Conoces mis miedos mejor que yo misma, mis secretos, mis deseos y mis peores defectos. Y aquí sigues sentado. Mirándome a los ojos. Con esa sonrisa que hace que me pierda en ella. Y no te levantas cuando escuchas mis locuras, ni yo lo hago con las tuyas. Y siento que te conozco desde siempre. Que siempre has estado ahí. Pero algo nos retenía a conocernos. Y ahora, cuando deberíamos estar centrándonos en nosotros mismos, estás al teléfono, escuchando mis preocupaciones, a la una de la mañana, jurando que no has conocido persona más tierna que yo. Y me entra miedo. Tanto miedo que no sé qué pensar. Sé que hoy serás el protagonista de mis sueños, y mañana no saldrás todo el día de mi cabeza. Pero no quiero que esto pase de aquí. No. No puedo. No quiero. No debo. Y mientras lo escribo, sé que he caído. Otra vez. Cuando me prometí a mi misma no volver a caer.
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